
El olor de un viejo blues retumba en el cuello descolorido de mi camisa. Aflojo la corbata, sonrío y vuelvo a hacerme esa pregunta. Aquella cuya contestación no es aparente, ni necesaria. Ladrones de soul y de corazones inquietos campan a sus anchas en lo más profundo de la sala. Y yo, me limito a dejar que la música fluya. Me limito a no pensar. Tan solo sonrío.
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